Y llegó el momento de despedir a mi hijo Manuel...
Lo acompañamos su tío Antonio y sus dos hijos, su tía Zaida y su tía Nélida.
No hubo lloriqueos, aunque confieso que el pecho lo tenía engarrotado.
Al siguiente día, me sentí extraña, rapidito me incorporé a los quehaceres del hogar, la casa había quedado desordenada de tanto curucutear de aquí para allá.
No es de extrañar que todos estaban preocupados por mi "soledad", fue tanta la llamadera por teléfono, que el aparato se dañó.
Desde el sábado a la fecha de hoy, hemos chateado ¡Qué maravillosa es la tecnología! "Qué comiste" "Qué has hecho"... Está contento, gracias a Dios.
El tiempo pasa rápido, en un abrir y cerrar los ojos, está de regreso.
Dios lo bendiga.
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