El 6 de febrero de este año, mi hijo Manuel se graduó de Licenciado en Educación mención Filosofía. Se imaginan mi corredera, que si la pinta, los zapatos, la peluquería, las uñas... Bueno, ustedes saben cómo es eso.
Salí con mi hijo a comprarme una pinta, conseguí un pantalón muy bonito, pero no encontré blusa, decidí ponerme una que ya tenía, los zapatos los tenía desde hace tiempo, sólo me los había puesto una sola vez y de verdad eran muy bonitos, la cartera la estaba estrenando, por cierto bien fina. Decidí hacerme unas mechas en mi cabello para cambiar el look, ya estaba todo listo para el gran día.
A la graduación del Acto Académico asistimos su papá, la tía zaida y una amiga de la casa. Yo estaba feliz, orgullosa.
Al salir del acto, nos fuimos a brindar a un restaurante cerca de la Universidad. Ordenamos la comida y brindamos con un buen vino, todo estaba divino: la velada, la comida, la tertulia... Hasta que pasó lo que no debía pasar: el cierre de la cartera se rompió justo cuando iba a sacar el monedero y para colmo, en una de esas que muevo mis pies sentí algo extraño y cuando veo al piso, los zapatos se me habían destrozado, las trenzas de adelante y las de atrás. Me quedé impactada, todos reían. Mi hermana y mi hijo tuvieron que salir a comprarme unos zapatos para poder salir del restaurante y lo único que encontraron fueron unas cholas plásticas Nike, que salieron más caras que mi plato de comida. También ponerle el cierre a mi cartera fina me costó 110 Bs. Total, que el gasto fue mayúsculo.
Es que yo siempre digo, lo que no me pasa a mí, no le pasa a nadie. Qué tal.